Día de muertos en el panteón Yáñez de Hermosillo, Sonora


Un desfile de gente con un ramo de flores por un lado, escoba y cubeta por el otro solo tiene sentido el día de muertos en los panteones de México. Hermosillo no es la excepción y esta vez pude documentar la procesión de madres de familia, padres, hermanos, amigos y niños inquietos que cumplieron con la tradición mexicana de visitar a sus seres queridos el dos de noviembre.

Con un letrero de Bienvenidos gigante hecho con flores de plástico naranja me recibió el Panteón Yáñez, no le di importancia hasta que un señor recargado en la ambulancia se estaba riendo y al verme tomarle fotos a la entrada, volteó hacia mi y me dijo “no gracias, estoy bien aquí afuera”, no pude evitar carcajearme y también pensar la importancia del contexto entre una palabra y la fecha.

Bienvenidos para no olvidar, bienvenidos para juntar a la familia, bienvenidos para contar historias de los que no están con nosotros, bienvenidos pero no para despedir.

Es la primera vez que documento un día de muertos en un panteón y aunque traía otra expectativa, disfruté mucho sentarme a esperar, a ver a la gente pasar y a familias reunidas escuchando la música que les recuerdan a sus familiares o limpiándoles sus tumbas, hasta podando árboles para mantener mejor su espacio.

Aún estoy procesando lo que sentí hoy, la complejidad del duelo, lo bonito de las tradiciones y la familia, lo hermoso que es tener con quien compartir aunque sea el dolor.