8vo día en Big Island



Este día ya sentía el inevitable adiós, y es que yo si podría vivir en Hawaii, si no fuera por el miedo de morir quemada en alguna erupción volcánica o ahogada en un tsunami.

El día estuvo relajado, nos levantamos tarde, desayunamos y nos arreglamos para irnos a un Luau.

Nos recibieron con un collar de conchitas, además de la cuenta. Cuando entramos lo primero que vimos fue la barra libre, que entre su menú tenía unos mai tai, bebida con jugo de limón, naranja, ron y no se que otras cosas, solo me importó que estaba muy buena y me hacía sentir los cachetes relajados.


Nos sentamos y esperamos pacientemente hasta que por fin anunciaron el desentierro del pobre puerco que ya tenía todo el día bajo tierra, lo bueno que estaba muerto. Explicaron todo el proceso, los nombres de cada cosa, la historia, pero la verdad, no me acuerdo de nada.


Después de esto, hubo otra pausa para rellenar los vasos vacíos con mai tai unas 3 veces, hasta que por fin nos indicaron donde hacer fila para el bufete, que a simple vista parecía apetecible; lo que más disfruté fue el volteado de piña y el pastel de coco, al puerco le faltaba sal, la ensalada sabía a refrigerador y las otras cosas sabían rarito, y eso que me fui por los platillos que se veían más normales.

Después de la cena, el show: mujeres moviendo las caderas y los cocos, hombres con unas piernotas y bailando con fuego.

De regreso en el hotel, nos metimos por primera vez a la alberca, leímos un rato en las sillas playeras, nos llegó el sueño y cerramos el día. 

ACTUALIZACIÓN:
El bobby me recordó que este día fuimos a snorkelear, pero se me pasó por completo por que no tomé fotos, así que no fue un día tan relax como lo dije al principio.

La cámara no me la llevé por que era una lancha inflable, grande, de las seguras, pero no quise arriesgar mi cámara. 

Desde que pusimos un pié en la embarcación, inició la diversión. Las dos personas encargadas eran muy divertidas, ocurrentes, relajadas y confianzudas, de buena manera.

Para llegar al lugar donde nos iban a dejar meternos al agua, recorrimos primero un largo camino de agua, pero la vista, los delfines que nos topamos y la alta velocidad (para mi) ala que íbamos, hicieron al tiempo pasar rápido.

Cuando por fin estaba en el agua, me frustré un ratito por no poder tomar fotos, pero luego los peces de colores me contagiaron su paz. De regreso, el recorrido fue más largo, paramos en algunos puntos para ver tubos de lava, un hotel que en algunas temporadas sufre de vidrios rotos por las olas; pero lo más emocionante fue cuando hacía como si se fuera a estrellar contra las rocas, y unos metros antes daba vuelta, la lancha se inclinaba y me hubiera gustado ver mi cara durante la primer maniobra.

Después de esto, si nos fuimos a arreglar para el luau, y la narración sigue igual.

Pd. El mai tai también tiene guayaba.







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